Por Guillermo V. Lascano Quintana
30/6/09
Estas frases, pronunciadas por dos eminentes españoles (Juan Carlos I y José Ortega y Gasset) vienen “de perillas” para ser dirigidas a los políticos argentinos (tanto oficialistas como opositores) quienes, con un énfasis digno de mejores causas, se la pasan hablando tonterías, tergiversando hechos, agrediendo a sus interlocutores, “filosofando” como si estuviéramos en el mejor de los mundos, sin que de sus bocas salgan ideas, planes, propuestas.
En el colmo de ese desmadre, la titular del Poder Ejecutivo Nacional, frente a una derrota sin atenuantes de sus partidarios, en la elección del 28 de junio pasado, en vez de reconocer el hecho, con un desparpajo propio de una tragicomedia, pretendió disimularlo.
¡Cuánto mas razonable, justo y sincero hubiera sido que admitiera la derrota! Ese gesto le hubiera deparado respeto y consideración. Pero ni ella ni sus colaboradores son magnánimos. Tienen al alma pequeña, además de ser ignorantes y resentidos, incapaces de tolerar ideas ajenas o propuestas diferentes a las de ellos.
Los opositores triunfantes deberían acentuar la tendencia esbozada en sus declaraciones públicas de que colaborarán para contribuir a que la Nación (también citando a Ortega y Gasset) que es un proyecto de vida en común, implica conjunción y no desunión, diálogo y no monólogo, reconocimiento de que todos tenemos los mismos derechos y deberes. Para ello hay que identificar problemas, proponer, discutir y acordar soluciones.
EL vacío de ideas durante la campaña electoral, debe ser llenado, ahora, con propuestas concretas, tanto de oficialistas cuanto de opositores, pero mucho mas por parte de estos últimos, en quienes recae la obligación de cumplir con sus promesas, si pretenden, como han prometido, un futuro mejor para todos.
Sería saludable, además de útil, que quienes han sido elegidos para cargos legislativos expresen que es lo que pretenden proponer, no sólo sobre las cuestiones mas urticantes (poderes extraordinarios, Consejo de la Magistratura, casos de corrupción) sino en otras áreas, tales como la educación, los servicios públicos, el rol de las fuerzas armadas y de seguridad, la justicia, la salud pública, el rol de los sindicatos, los subsidios, el régimen impositivo y el sistema previsional. Sería inteligente que ello se hiciera con sensatez y rectitud, en el marco de la institucionalidad vigente, dejando de lado posturas electoralistas (ya ha pasado su tiempo), con fundamentos posibles y no con meras declaraciones grandilocuentes. Eso es lo que el ciudadano común y corriente está esperando.
Tal vez cada agrupación política debería tener un “gabinete en las sombras”, capaz de juntar información, analizar los problemas y proponer soluciones posibles. Debe generarse un clima propicio para la concordia entre los argentinos, para lo cual resulta insoslayable revisar nuestro pasado, con grandeza de espíritu, reconociendo la realidad tal cual fue, desligándonos de la “historia oficial” con la que se está tergiversando un tiempo doloroso, que es nuestro, no de otros. Eso no importa claudicación de principios ni justificaciones impuestas. Es más bien, otra vez, reconocernos, con aciertos y errores, parte de un proyecto insoslayable de vida en común.
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