Muerte en Cuba

Por Carlos Alberto Montaner
2/3/09

Zapatero ha tenido que condenar el crimen de estado cometido en Cuba contra Orlando Zapata. Eso está bien. Tardío, pero bien. Desde hace meses se lo había pedido el diputado Teófilo de Luis, semana tras semana, mediante unas preguntas oficiales que el Ministro de Asuntos Exteriores estaba obligado a responder. Moratinos, claro, contestaba con evasivas. Pero el diputado del PP, con una entereza que lo honra, volvía a la carga con más información y más razones. Alguna vez, incluso, quiso saber si los diplomáticos españoles acreditados en La Habana habían hecho algo por Zapata Tamayo. No habían hecho nada.

Desde que los socialistas llegaron al poder cambió el signo de las alianzas y de las lealtades. De pronto, les cerraron las puertas a los demócratas de la oposición y se las abrieron a sus verdugos. La Moncloa comenzó a servir a la dictadura en el terreno internacional. La obsesión de Moratinos era demoler la posición común europea frente a la violación de los derechos humanos en Cuba. El último embajador español que defendió a las víctimas fue Jesús Gracia Aldaz. Dejó una gratísima memoria entre los perseguidos que llegaban a la casa de la madre patria.

No debe olvidarse que Orlando Zapata Tamayo no estaba preso por cometer actos violentos, sino por tratar de ser un hombre libre. Él mismo lo decía con una candidez tremenda: "Yo nací varios años después del triunfo de la revolución; nunca he tenido ni un minuto de libertad". Primero lo condenaron a tres años. Una vez preso, protestó contra los maltratos y las palizas y le aumentaron la pena a 30. Se declaró en huelga de hambre. Los carceleros le negaron el agua hasta que depusiera su actitud. Le daban unas cucharadas de agua para que no se les muriera. Así estuvo 18 días. En ese juego miserable le reventaron los riñones y comenzó a morirse. Ojalá que su asesinato sirva, al menos, para que Zapatero y Moratinos dejen de traicionar a los demócratas cubanos.

El costo del asesinato de Zapata Tamayo

"Hoy, 25 de febrero, lo enterramos''. Lo gritaba Reyna, la madre desesperada. La cadena SER de Cataluña la entrevistaba. Era como una fiera herida. "Fue un asesinato premeditado'', gemía y denunciaba. Ella era una mujer negra y humilde, como su hijo, un simple albañil que quería ser libre. Reyna quiso llevar a su hijo en brazos hasta el cementerio, acompañada por unos cuantos amigos consternados, todos demócratas de la oposición. No pudo. La policía política lo impidió. Siempre la policía política intimidando, castigando, escarmentando a la sociedad para que obedezca en silencio. Son los perros que cuidan al rebaño.

¡Pobres madres! Hace unas semanas había muerto en Cuba otra como ella, pero más vieja y blanca, Gloria Amaya. Tuvo tres hijos presos. A uno de ellos, Ariel Sigler Amaya, lo están matando por rebelde, como le sucedió a Orlando Zapata Tamayo. Entró en la cárcel pesando 90 kilos. Hoy pesa 50 y está en una silla de ruedas. Me dice su hermano que le queda poco. A doña Gloria, que era una ancianita frágil y diminuta, la policía política le rompió dos costillas de una patada en el pecho. Había protestado porque maltrataban a su hijo, preso político, y casi la matan a ella. Desde el suelo, retorcida de dolor, siguió pidiendo por su hijo. Y dice Raúl Castro que en Cuba no se tortura. ¡Mentiroso!

La muerte de Zapata Tamayo tiene tres consecuencias internas graves para la dictadura de los hermanos Castro. Para los demócratas de la oposición, dentro del país, ese sacrificio refuerza el compromiso de lucha. Tal vez es un rasgo de nuestra cultura: la lealtad a los que dieron la vida no se traiciona nunca. Pero la sangre de Orlando tiene otro efecto interno. Avergüenza a los comunistas. Los desmoraliza y debilita. Los coloca en el bando de los asesinos. Hace unos años, cuando la policía política exterminó, ahogándolas, a 32 personas que intentaban huir del país a bordo de un barco llamado "13 de marzo'', la mayor parte mujeres y niños, hubo muchos militantes que abandonaron el Partido llenos de asco. Eso era demasiado.

Fuera del país, este nuevo crimen galvaniza a los exiliados tras una causa justa. El día en que murió Orlando, la noticia de mayor divulgación en Twitter fue ésa. Una ola de cólera y solidaridad recorrió a una comunidad dispersa que, descendientes incluidos, se acerca a los tres millones. Los periódicos del mundo entero le dieron las primeras páginas a la triste información llegada de La Habana. Muchos telediarios comenzaron sus transmisiones contando, consternados, lo que había sucedido. La imagen de la dictadura cayó por los suelos estrepitosamente y ese estruendo, claro, tuvo una honda repercusión política: se espera que el canciller español Miguel Angel Moratinos le ponga fin a su absurda campaña dedicada a tratar de demoler la posición común de la Unión Europea frente a la dictadura cubana. Jamás se ha visto mayor terquedad en la defensa de una causa innoble que la de Moratinos por beneficiar a la tiranía de los Castro.

El aparato cubano de difamación, por supuesto, ya prepara su contraataque. Uno de sus peones menores comenzó por decir que quienes condenaban esta muerte horrenda vertían lágrimas de cocodrilo. Otros dirán que Zapata Tamayo era un delincuente o un terrorista al servicio de la CIA. Carecen del menor vestigio de decencia. Dicen cualquier cosa. Pero la verdad inocultable es otra: como gritó, llorando, su madre Reyna, a Orlando lo asesinaron premeditadamente por pedir libertad para él y para su pueblo. Su ejemplo gravitará mucho tiempo en la historia de Cuba.

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