DEL “The Southern Cross” EL DIARIO IRLANDES

Año 133 - Nº 5937 - Editorial Junio
¿Hacia dónde y hasta cuándo?

Toda la Argentina estuvo a la espera -ya van casi tres meses- de una definición del conflicto del campo, y fueron numerosos los comentarios sobre la necesidad de que el gobierno y el campo empezaran por fin el camino del diálogo, para que el sector rural volviera a dedicar sus esfuerzos a sus tareas específicas de producción, tras la estéril vigilia al costado de las rutas.

El mundo mira azorado mientras la Argentina desperdicia la enorme posibilidad que se le brinda de aumentar significativamente su producción de granos, carne y lácteos para satisfacer las necesidades crecientes de alimentos a nivel mundial. Se pierden mercados que ha costado años ganar y se enloda la reputación del país como proveedor confiable. Es a todas luces una actitud demencial… El Ejecutivo nunca quiso admitir que fue el Campo el motor principal de la recuperación del país tras el colapso al que nos llevó lo endeble de la dirigencia… Cuando los industriales y comerciantes, incluyendo al entonces gobernador de Santa Cruz, actuaban como el Virrey Sobremonte, llevando sus caudales a lugares seguros, fue el campo quien, sacando fuerzas de flaqueza, comenzó a sembrar lo que una vez cosechado serviría para permitir, mediante las retenciones, aceptadas de buen grado, llevar el alimento a las zonas más carenciadas. El ex-Presidente Kirchner, espectador de ese esfuerzo, quiere atribuirse el mérito de ese logro, y el camino elegido es el de ningunear al Campo. Si le salió bien enfrentarse o maltratar a la Corte Suprema, las Fuerzas Armadas y de Seguridad, las empresas extranjeras, el Cuerpo Diplomático, los Gobiernos de España, Francia, Estados Unidos, Uruguay, Italia y Holanda, avasallando al Congreso y a la Justicia, ¿Por qué hacer una excepción con el Campo? Inicialmente no encontrábamos parangón para este comportamiento en los tiempos modernos, pero ahondando en el tema, vemos una similitud con el comportamiento de Margaret Thatcher. Ella también tuvo como metas llegar al poder y aferrarse a él. Actuar sin claudicaciones y sin piedad. Humillar al vencido. En efecto, mientras que al asumir el cargo de Primer Ministro del Reino Unido trasuntaba bondad, citando las frases atribuidas a San Francisco de Asís: “Donde haya odio, sembremos amor, donde haya ofensa, perdón; donde haya discordia, unión; donde haya duda, fe; donde haya desesperación, esperanza”, procedió de inmediato a imponer su voluntad a diestra y siniestra, mostrándose inflexible, justificando a los que la llamarían “la Dama de Hierro”. Se hizo famosa por su rechazo a todo lo que fuera “consenso” y su combatividad se hizo evidente de inmediato. Así encaró, en 1981, el reclamo de los miembros del Ejercito Republicano Irlandés que al caer prisioneros exigieron ser tratados como prisioneros políticos, y no cedió en el cambio de “status” hasta que diez prisioneros murieron en una huelga de hambre. Al año siguiente, 1982, se le presentó “en bandeja” la oportunidad de restañar las heridas que le inflingieron dos docenas de países que lograron su independencia del Reino Unido, muchos de ellos tras desafiar en lucha al poder británico. Margaret Thatcher planificó la reconquista de las Islas Malvinas y saboteó, con el hundimiento del Belgrano, toda posibilidad de arreglo. Sólo se conformaría con la rendición.
Igualmente, para aplastar al ala más combativa sindical, o sea a los mineros, los provocó a la huelga despidiendo a 20.000 trabajadores. El sindicato, como se esperaba, reaccionó y se declararon en huelga 100.000 trabajadores. El Gobierno había planificado la substitución del carbón por petróleo para las usinas energéticas y la importación de los cupos necesarios. La huelga duró más de un año y a pesar de la solidaridad con los mineros, tanto dentro de Gran Bretaña como en el exterior, la violencia de la represión al final la quebró, mediante una brutal represión contra los que tildó de “conspiradores y marxistas”. Margaret Thatcher se vanaglorió en que después de haber vencido en la guerra externa de las Malvinas había derrotado a los mineros en la guerra interna.

Volvamos ahora a la actuación de Néstor Kirchner. Se llevó todo por delante hasta que por fin llegó a una confrontación con el campo, planeada con similar desparpajo que Margaret Thatcher. El arma fue el sistema de retenciones con el cual llegó hasta la inconstitucionalidad, y apretó la soga hasta llegar cerca de la asfixia. El Campo reaccionó como antes no habían reaccionado las demás instituciones que fueron arrasadas. La razón principal de esa reacción fue que más que a su bolsillo el Campo salió a defender su dignidad, a pesar de la desigualdad de medios, ya que el Campo sacrifica sus ingresos al ir al paro, mientras que el Gobierno utiliza los dineros del pueblo, incluso el de las mismas retenciones para combatirlo, con la Gendarmería, los matones de Moyano y los piqueteros de D’Elia. El Campo decidió que prefería enfrentar la soberbia y caer luchando que sumarse al concierto de los que, puestos de rodillas, mendigan para que Néstor Kirchner les devuelva algo de lo que con prepotencia se va apropiando. El Campo sabe que si lo que queda de sano en el país no lo apoya será derrotado, pero ha demostrado que prefiere ese destino a rendirse ignominiosamente.

Si el país tolera que Néstor Kirchner imponga a todos los argentinos su voluntad personal, el Campo dejará de existir tal cual lo conocemos. Desaparecerán los actuales productores y su lugar será ocupado por corporaciones “amigas” del gobierno.

Los pueblos del interior se consignarán al olvido, completando lo iniciado con el cierre de los ramales ferroviarios. Se necesitarán muchas villas para albergar la migración. Las próximas generaciones se preguntarán “¿De qué lado estaba mi gente cuando mataron al Campo?”


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