¿HUBO UNA GUERRA? RESPONDEN LOS GUERRILLEROS

Por Jorge Gabriel Martínez
12/8/08

Cada vez que alguien se arriesga en público a calificar de guerra al enfrentamiento que sufrió la Argentina en los años ’70, la respuesta inmediata es una negativa categórica, exaltada, a la que sigue una mirada sobradora, como de quien se rebaja a contestarle a un ser inferior. Los argumentos del refutador consisten casi siempre en explicar al incauto que las guerras se libran entre combatientes de uniforme, con posesión de territorio y una cierta equivalencia numérica entre los bandos. “Si los guerrilleros eran apenas unos miles... ¿De qué guerra me hablás?”, gritará ofendido.


Pero los argumentos del refutador son endebles. Cualquier libro de historia habla sin pudores de La guerra de Argelia o La guerra de Vietnam, y se sabe que esos conflictos fueron más bien vastas campañas de contraterrorismo o contrainsurgencia que se extendieron por varios años y que muy pocas veces enfrentaron a combatientes igualmente uniformados o en equivalencia numérica. Un ejemplo más reciente, que tiene vigencia actual, se originó tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. A partir de esa fecha Estados Unidos le declaró la guerra al terrorismo, y bajo ese rótulo justificó las invasiones de Afganistán y de Irak, las detenciones ilegales de cientos de sospechosos en todo el mundo y su confinamiento, interrogatorio y tortura en la base naval de Guantánamo, en Cuba. Con esa misma justificación endureció la legislación interna, militarizó a sus fuerzas de seguridad, habilitó todo tipo de espionaje en las comunicaciones de sus habitantes y desoyó durante años las protestas de las organizaciones de derechos humanos y de funcionarios del poder judicial.


Ahora bien, es posible que el refutador, acaso convencido por alguna de estas razones, acepte con desgano que efectivamente en la Argentina hubo una guerra en los años ’70, pero a renglón seguido soltará la muletilla infaltable en esas discusiones: “Está bien, hubo una guerra. Pero las guerras tienen leyes, y los militares no respetaron esas leyes”.
Aquí el refutador ya no pecará por exaltado sino por ingenuo. Porque es cierto que las guerras tiene leyes y convenciones pero no es menos cierto que la Argentina no fue el primer país (ni será el último) en violar esas leyes y esas convenciones. Los ejemplos anteriores vuelven a aplicarse: Argelia, con miles de torturados, asesinados y desaparecidos por el Ejército francés entre 1954 y 1962; Vietnam, donde los militares norteamericanos practicaron matanzas de civiles, bombardeos arrasadores, ejecuciones sumarias y arrestos indiscriminados. También pueden citarse las experiencias de Gran Bretaña en Malasia y Kenia en los años ’50, y la represión del Ejército Republicano Irlandés (IRA) a partir de fines de los ’60, en la que el gobierno de Su Majestad no se privó de cometer asesinatos selectivos extrajudiciales de terroristas (era una especialidad del Special Air Service) ni de perpetrar horribles matanzas como la del infame Domingo Sangriento de 1972. La lista sigue y aparece el caso de Israel, que en su constante lucha con los grupos extremistas palestinos no ahorra los ataques aéreos contra ciudades o campamentos de refugiados bajo supervisión de la ONU, la destrucción de casas particulares con tanques o topadoras militares, la eliminación física de jefes terroristas con misiles o balazos, y la aplicación de la tortura en interrogatorios con el visto bueno de la Corte Suprema del país.


“Debemos afrontar el hecho de que la guerra moderna tal como la libran los nazis es una faena sucia. No nos gusta, no quisimos intervenir, pero ahora ya entramos y vamos pelear con todo lo que tengamos”. Eso dijo Franklin Roosevelt poco después de los devastadores bombardeos incendiarios de la aviación norteamericana y británica contra la ciudad de Hamburgo, que en una sola noche de 1943 causaron 45.000 muertos, en su mayoría ancianos, mujeres y niños. Lo que quiso decir es que toda guerra, incluso las guerras que nadie critica, son siempre guerras sucias.
En la Argentina hubo una guerra porque así lo afirman quienes combatieron en ella: los militares y también los guerrilleros. Lo demuestran estas citas extraídas de libros publicados a partir de los años ’90: son palabras claras, sinceras, inequívocas, que aparecen subrayadas para no dejar lugar a dudas.

“Es claro que nuestra lucha será larga.. Y será dura...Pero nosotros estaremos peleando en nuestro suelo y por nuestra tierra. Aprovechando para la guerra cada río, cada arroyo, cada senda y cada quebrada, que conocemos tanto...Esto será una guerra de hombres, una guerra de vida o muerte, hasta que derrotemos a los amos de la tierra, hasta que la tierra esté en manos de los que la trabajan, ya sean coyas, criollos o matacos, sean de la raza que sean”. (Fragmentos de un panfleto que entregaban combatientes del efímero Ejército Guerrillero del Pueblo, que se instaló en Salta en 1963 y que debía preparar el terreno para un alzamiento encabezado por el Che Guevara. Incluido en Los orígenes perdidos de la guerrilla en la Argentina, Gabriel Rot, Ediciones El Cielo por Asalto, 2000, pag. 179).

“Los nuestros, nuestros hombres, nuestros medios, los de las organizaciones revolucionarias, constituyen una pequeña fuerza comparada a las que alistan las fuerzas armadas del régimen. Lo que inclina la balanza, lo que nos hace temibles, lo que desvela al enemigo, lo que le hace reconocer a Lanusse que estamos en guerra, es que no estamos solos, es que somos destacamentos armados del pueblo, que no haremos la revolución por él sino con él. El compañero Ongaro acierta cuando dice que sólo el pueblo salvará al pueblo. Pero esa frase adquiere una dimensión más clara si se dice que sólo la guerra del pueblo salvará al pueblo. Y en guerra, el pueblo armado es invencible”. (Palabras de Carlos Olmedo, jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, en un reportaje de diciembre de 1970. Reproducido en De la guerrilla Peronista al gobierno popular. Documentos 1970-1973, Editorial De la Campana, 1995, p. 178).

“Cuando nos lanzamos a la lucha, lo hicimos con un gran romanticismo, convencidos de que venceríamos. Eso nos dio fuerzas pero trajo aparejado un gran simplismo en el análisis. No sólo subestimamos a los militares, también nos faltó capacidad para prever sus pasos y medir hasta dónde llegarían.
Me siento orgullosa, aunque perdimos la guerra, porque tratamos hasta el último momento de anteponer el hombre y sus ideales. Eso no nos hace superiores sino simple y profundamente diferentes de nuestros supuestos vencedores”. (Nélida Augier, integrante del ERP y viuda de Benito Urteaga, número dos del PRT-ERP. Testimonio incluido en Mujeres guerrilleras, Marta Diana, Planeta, 1996, pp. 103-104).

“Si algo caracterizó a Rodolfo fue su coherencia. Integrado a un proyecto político-militar, trató permanentemente de hacer tomar conciencia al conjunto de sus compañeros sobre la racionalidad de la guerra, una lógica, si se quiere una ciencia, que no admitía improvisaciones. Por eso eligió trabajar en el aparato de Inteligencia de la organización, que él mismo creó y trató de imponer durante años, convencido de que sin la Inteligencia no se gana ninguna guerra”. (Lilia Ferreyra, militante montonera y viuda de Rodolfo Walsh. Texto extraído de Rodolfo Walsh, vivo, Ediciones De la Flor, 1994, p. 197).

“Desde que me separé de ustedes estuve siempre luchando en la clandestinidad, siempre con las armas puestas, y muchas veces con la policía y los servicios de informaciones pisándome los talones. Siempre obsesionado por la necesidad de golpear al enemigo y de extender la guerra.
He recorrido todo el país haciendo la guerra...” (Julio Roqué, número 4 de Montoneros, en una carta a sus hijos publicada en Héroes. Historias de la Argentina Revolucionaria, Gregorio Levenson y Ernesto Jauretche, Ediciones del Pensamiento Nacional, 1998, p. 181).

“Pero ahora lo que quiero contarte es una historia, de la que vos también fuiste protagonista. Sos un hijo de la guerra. Tus padres te tuvieron entre el fragor de los combates, en tiempos muy difíciles para los revolucionarios. Anduviste de casa en casa, en la clandestinidad y ocultándote con ellos”. (Tulio Valenzuela, oficial mayor montonero, en una carta a su hijo fechada en enero de 1978. Reproducida en Montoneros: final de cuentas, Juan Gasparini, Puntosur, 1988, p. 219).

“Nosotros creemos...que en la Argentina todo lo decisivo sucede en las ciudades. De modo que hacemos la guerra en la ciudad, aun siendo conscientes de sus limitaciones. Sabemos que en Buenos Aires, que es una ciudad vasta y compleja, con casi diez millones de habitantes, no se puede tener un ejército integrado, ni se pueden mantener zonas liberadas, ni se pueden delimitar zonas de batallas específicas. Nuestro concepto es que se necesitan tácticas distintas para la ciudad y para el campo, de acuerdo con las condiciones propias....Nosotros manejamos el concepto de guerra integral, y la lucha electoral es también parte de esa guerra. Por supuesto se trata de una participación táctica...Nuestra propuesta de guerra integral es la más amplia para la lucha de liberación, o sea la lucha por todos los medios y en todos los planos” (Oficial montonero Alberto Camps, entrevistado por Gabriel García Márquez en 1975. Texto incluido en Por la libre, Sudamericana, 2000, pp. 101-102).

“Uno de los rasgos particulares de nuestra guerra revolucionaria es que el foco guerrillero no genera el movimiento de masas, sino que éste lo precede en un cuarto de siglo...(Montoneros) Es un ejército que tiene todas sus fuerzas dentro del territorio enemigo. Un ejército que se desarma todas las noches cuando sus militantes se van a dormir, pero que sigue vivo e intacto mientras duerme cada uno en su casa” (Mario Firmenich, máximo jefe de Montoneros, entrevistado por García Márquez en 1975. Por la libre, pp. 108-109).

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