La quimera de gobernar por “ordenes ejecutivas”

Jorge Raventos

Firmar decretos de necesidad y urgencia es una atribución presidencial. Se supone que esa facultad debe ser usada con sensatez y criterio y no como una diagonal para que el Poder Ejecutivo eluda o reemplace la participación del Congreso.

En Estados Unidos, durante la primera semana de su  flamante gestión, Donald Trump, ha usado a repetición, como manifestación  impetuosa y urgente de su voluntad de ejercer el  mando,   la versión americana de los DNU, las “órdenes ejecutivas”  (que allá no están contempladas en la Constitución).  Así dispuso, por ejemplo, la construcción  del  meneado muro  fronterizo entre su país y México que había prometido completar. Dicho sea de paso, la oposición a ese  muro y al propio Trump se ha vuelto, a esta altura,  una especie de salvoconducto moral, incluso de  muchos   que  los cuestionan  con indignación…  desde  los barrios rigurosamente cerrados que habitan o administran. En fin…

Por decreto

En la última semana Mauricio Macri también suscribió varios DNU. En un caso estableció el nuevo régimen del seguro de riesgo del trabajo (un asunto sobre el que existía consenso legislativo), en otro fijó criterio sobre los feriados que regirán anualmente y anuló los llamados “feriados puente”.  Ninguno de estos decretos de Macri implica por sí mismo una extralimitación. Pero no dejaron de suscitar polémica. Desde el movimiento obrero  se cuestionó  que  el gobierno esgrimiera el decreto para  ordenar el sistema de riesgos laborales, en lugar de permitir que el Legislativo  terminara  su obra  incorporando  nuevas sugerencias gremiales. En cuanto a los feriados, el  gobierno fue  criticado por deslocalizar el que evoca   la inauguración de la última dictadura militar. La censura  incluyó a sectores de la coalición oficialista (por caso, el diputado Ricardo Alfonsín) y provocó que  intendentes peronistas (en primer lugar, el de San Martín, Gabriel Katopodis)  se rebelaran contra la decisión y anunciaran que ellos mantendrán  el feriado en su lugar.

Mucho ruido y pocas nueces: este año el 24 de marzo es viernes, por lo que no será trasladado. Y lo mismo atañe a los siguientes  dos años del  período presidencial: en 2018 cae en sábado y al año siguiente, en domingo.  Quizás la Casa Rosada se granjeó este problema  sólo porque alguien  no  miró el almanaque.

En cualquier caso, muchos interpretaron  el énfasis con que el gobierno anunció estos decretos como una forma de insinuar que el Ejecutivo  no desecha  en absoluto el instrumento  del decreto unilateral, para subrayar así gestos de autoridad presidencial (mecanismo que se había manifestado ya con los abruptos desplazamientos de Alfonso Prat Gay, Carlos Melconián e Isela Costantini).

Anticipándose a la firma de estos decretos, Graciela Camaño, una primera espada de Sergio Massa, había sospechado ante los medios que “el   gobierno va a querer cerrar el Congreso y manejarse con DNU”.  Y, tras la conjetura, formuló una advertencia: “Hasta que hagamos una sesión especial para bajarlos.”

Camaño señala un punto vulnerable para una estrategia de aquella naturaleza: los decretos de necesidad y urgencia constitucionalmente deben atravesar el examen del Congreso  (en primera instancia, de una Comisión Bicameral y luego, de ambas Cámaras. Y serán rechazados si al menos una de ellas no los aprueba). El juego de  los DNU  puede ser una ruleta rusa para un gobierno que no cuenta con  consensos amplios y estables en el Congreso. El rechazo legislativo a un ucase presidencial no sería precisamente  la mejor forma de fortalecer autoridad.  A diferencia de Trump, que por ahora cuenta con mayoría en ambas cámaras, Macri no tiene esa suerte (y, de acuerdo a los cálculos  más  rigurosos,no  llegará a tenerla durante su mandato).

Disciplina y candidaturas

A primera vista, para Macri parece más viable el ejercicio de la disciplina fronteras adentro de su propia fuerza (el PRO) y quizás de la coalición electoral que lo llevó a la Casa Rosada. Sin embargo, también en  esos territorios se registran  corcoveos amenazantes. Nada que no pueda trabajarse con buenas negociaciones, pero estas se dan en el  marco de un año electoral en el que  aquellos  que no se sientan suficientemente compensados pueden jugar en contra.  El oficialismo dibuja una estrategia en la cual la división del peronismo constituye un instrumento decisivo (como describió Maquiavelo, a menudo el progreso deriva del daño ajeno). Ocurre, no obstante, que  fuerzas centrífugas análogas a las que  pueden jugar en la oposición podrían presentarse en el oficialismo. Por ejemplo: el radicalismo hace meses que trasmite desaliento cuando observa que el Pro privilegia (en diálogo y efectividades conducentes) a los peronistas que gobiernan provincias o comunas y a menudo olvida a las estructuras políticas de Cambiemos que ejercen oposición en esos distritos.

En su función de discreto mediador, Ernesto Sanz procura sembrar paciencia y calmar a sus correligionarios así como también sensibilizar al macrismo para que no los destrate.

Muchos de los descontentos conversan preventivamente con alternativas opositoras. Sergio Massa mantiene canales abiertos con dirigentes radicales y su aliada progresista, Margarita Stolbizer, también. La dirigente del GEN es un puente afectivo hacia  sectores del  tradicional alfonsinismo (aquel para el cual, hasta hace no tanto, Mauricio Macri era “un límite”) que pueden jugar a las esquinitas si encuentran que la manta que les ofrezca el oficialismo resulta demasiado corta para ellos.

Y hasta en el mismo Pro se observan chispazos: la gobernadora bonaerense y su equipo procuran desplegar una estrategia propia para su distrito, que conduce con recursos financieros limitados  pero con  mucho trabajo, sensatez y sensibilidad.  Hay otros que, seguramente con las mejores intenciones, tienen una idea diferente de equipo y algunas opiniones sobre las próximas  candidaturas. Esta semana el Pro distribuyó la foto de un encuentro en una parrilla porteña y los voceros deslizaron que el retrato era significativo “por los que están y lo que falta”. Estaban, además de Vidal, Marcos Peña y Horacio Rodríguez Larreta. Faltaba Emilio Monzó, presidente de la Cámara de Diputados y hombre con juego propio en el distrito bonaerense.

La competencia por las candidaturas de la provincia se enlaza con las pulseadas en la ciudad de Buenos Aires. Horacio Rodríguez Larreta quiere bloquear la candidatura del embajador en Estados Unidos, Martín Lousteau, que amenaza con  dejar Washington para  volver a  la ciudad autónoma y competir este año con la mirada puesta en la jefatura de gobierno  en 2019.  La mejor manera de taponar este año esa movida de Lousteau sería, cree Larreta, que Elisa Carrió  encabece la lista de Cambiemos en  la Capital. El supone que Lousteau  no desafiaría a Lilita. En cualquier caso, primero habría que  convencer a Carrió de que no haga lo que ella prefiere: presentarse en  la provincia de Buenos Aires.

La gobernadora Vidal, que no quiere lidiar con Carrió, tiene una coincidencia con Rodríguez Larreta:  le gustaría ver a Lilita del lado porteño de la General Paz, ya que como cabeza de lista bonaerense prefiere a  Jorge Macri,  eficaz intendente de Vicente López y  feliz portador del apellido del Presidente.  Mauricio, que tampoco quiere  pelearse con Carrió, en este tema juega al oficio mudo y sólo se expresa con gestos. Uno,  elocuente e inequívoco:  ha invitado a  su primo  a formar parte de la comitiva presidencial durante la visita  de Estado a España que se producirá  a fines de febrero.

El Presidente  concentra sus esfuerzos en  reforzar su autoridad en un decisivo año electoral que culmina en octubre y que, como se ve, empieza movido. Se perfilan demasiados actores que, como los habitantes de la Lilliput de Gulliver, “ven con gran precisión pero no muy lejos”.