Gobierno: cambio de viento y vaciones

Jorge Raventos

Las encuestas que el gobierno lee (no siempre  las que  difunde o hace conocer) indican que  sobre  el juicio de la sociedad empiezan a soplar nuevos vientos: la gestión  recibe más cuestionamientos, la imagen de los funcionarios  (con la excepción de María Eugenia Vidal, la gobernadora bonaerense) decae.  No es solo la economía, aunque el  bolsillo duele (y se prepara para asimilar nuevos golpes tarifarios). Hay que contabilizar también otras decepciones.

Los gremios miran a marzo

El oficialismo no se puede quejar del espíritu cooperativo de, por ejemplo, el movimiento obrero, que acompañó el primer año del mandato macrista con responsabilidad y evitando tensar las relaciones. Que ahora la CGT, con el eco entusiasmado de centrales menores, anuncie  una protesta para marzo es una importante señal a tomar en cuenta. La dirigencia gremial  avisa que la atmósfera se está volviendo pesada en la base. Y hay que recordar que la base de la central obrera está constituida por trabajadores formales que, por bajo que sea su ingreso, no forman parte de la legión de  semiocupados, desocupados o empleados en negro que  constituyen  el estrato más profunda de la pobreza.

Aún en la tesitura de protestar, los sindicatos  evitaron centrar culpas en el gobierno. Apuntaron contra los empresarios, que no cumplieron con el compromiso alcanzado en la Mesa del  Trabajo y la Producción de  no provocar despidos. Rápido de reflejos, el ministro de Trabajo, Jorge Triaca,  cooperó con una verónica: habló de empresarios que “no dejan de hacerse los vivos” que han generado una “pérdida de confianza”.  El ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne,  ayudó con los coros:  habló de empresarios que “estuvieron muy favorecidos por una economía poco competitiva y muy cerrada, y que, apenas el gobierno empezó a modificar el esquema para beneficiar a los consumidores, no respondieron de la manera que debían responder. En general, la gran mayoría de los empresarios ha acompañado pero algunos no”.

Los gremialistas, aunque cuestionan centralmente al sector empresario,  no por eso  absuelven plenamente al gobierno: lo culpan de inoperancia, complicidad o impotencia: “El gobierno no hace nada ante los despidos”.

También en los medios se refleja  el  pausado giro del viento:  el gobierno empieza a ser  criticado por voces  neutrales que venían guardando un silencio discreto  (Ricardo Darín, por caso) y hasta (así sea en  temas de rango secundario) por columnistas de  clara adicción por el oficialismo.

En un año electoral  la inacción y los errores se pagan. Pero no se trata de actuar en cualquier sentido. Acertar requiere tener claro el rumbo.

Gómez Centurión  y la Verdad de Estado

Véase lo ocurrido con el  jefe de la Aduana, Juan José Gómez Centurión. El hombre  demostró la semana pasada que haber sido un soldado valiente y ser un funcionario aduanero  honesto y eficaz  no  son necesariamente virtudes que lo faculten a la exposición  política, lo preserven de los desatinos o lo blinden frente  a los ataques (inclusive el  llamado “fuego amigo”).

Es obvio para cualquiera que Mauricio Macri no convocó al ex militar, galardonado por su actuación en Malvinas, para convertirlo en figura política, como hizo en Santa Fé con Miguel Del Sel.  En la ciudad de Buenos Aires, Macri puso a Gómez Centurión a cargo de  la Agencia de Control  municipal  y, ya Presidente, lo  encargó de la Aduana. En los dos sitios  cobran valor tanto su rectitud como su formación profesional. Los micrófonos y las cámaras no  son un terreno que, en principio, lo favorezca.

No  le hace bien al gobierno la difusión de sus opiniones, que ciertamente no son las que los aliados del Pro están dispuestos  a  tolerar ni se parecen a las que el alto funcionariado del  Pro  esté preparado para defender (en rigor no está claro que el Pro, como partido, tenga  posición adoptada sobre los temas que Gómez Centurión trató ante las cámaras; el macrismo se caracteriza más bien  por admitir la  suma de opiniones individuales y favorecer “que florezcan cien flores”. Es la visión del gurú Durán Barba).

Quizás es hora  de que un movimiento que  empieza a proclamar  el deseo  de  gobernar  inclusive más allá de este período,  empiece a adquirir más densidad  en el terreno de las ideas  y  más articulación interna que la que provee la pura gestión y el llamado “ espíritu de equipo”.

Gómez Centurión  tiene opiniones  muy perfiladas sobre la dictadura militar de la década del setenta. ¿Debe ser castigado por  exponerlas? El gobierno  recibe una fuerte presión  para que, en virtud esas  opiniones, se lo expulse de su cargo en la Aduana y de la condición misma de funcionario del Estado.  Se argumenta que Gómez Centurión desafía con sus puntos de vista fallos de la Justicia –de la Corte Suprema- sobre el régimen militar. Sería un delito desobedecer un fallo judicial. ¿Lo es opinar sobre sus fundamentos o sobre  la realidad que esos fallos abarcan?¿ La defensa de los derechos humanos y el repudio de las atrocidades  implica complicarse con cifras amañadas de víctimas de la represión?

Para el gobierno el caso Gómez Centurión  es un desafío. Una fuerza que  prefiere no debatir  sobre el pasado  ni sentar doctrina  sobre asuntos controvertibles que no afecten  a su propio eje (la gestión), puede encontrarse de hecho, para no  afrontar críticas, sancionando  una  especie de  Verdad-de-Estado impuesta  desde  una visión no sólo parcial, sino fundamentalmente adversa. Porque lo cierto es que  el núcleo significativo de la posición que  quiere crucificado a Gómez Centurión es, centralmente, la de los que  miran los enfrentamientos armados de la década del 70 desde uno de los bandos del  conflicto. Ese bando consiguió influir con su relato sobre  sectores más extensos y llevar su opinión a la condición de dominante.  No hay pecado en ello, mientras  todo esté expuesto a debate. La  sanción reclamada contra Gómez Centurión  pretende convertir la verdad de una parte en Verdad-de-Estado y  sentar una  postura única sobre (al menos) un período de la Historia.

Desde sus funciones en la Aduana no hay riesgo plausible de que Gómez Centurión pueda imponer  sus puntos de vista como doctrina histórica oficial. En cambio, apartado de ese cargo por sus opiniones, su caso constituiría una bisagra entre la existencia de una postura  dominante (que influye inclusive en el oficialismo y sus aliados) y la consagración  de una Verdad-de-Estado.

La llamada teoría de los dos demonios, una  visión edulcorada de la década de los ’70  que tiende  a imaginar que esos años de plomo sólo involucraron a dos minorías en guerra entre sí,  puede ser  falaz, ingenua o intencionada. Pero al menos  reconoce que los demonios  eran dos.  La presión para expulsar a Gómez Centurión del Estado por  difundir  un listado de opiniones compuesto por  medias verdades, anécdotas y despropósitos tiende, por exclusión,  a  beatificar a uno de aquellos demonios y a establecer  una ideología como doctrina única oficial sobre una etapa histórica.  Ni quienes votaron al actual oficialismo ni buena parte de quienes  optaron por otras posturas  pretendían  confirmar un relato faccioso como verdad de Estado.

Los cambios de viento que hoy experimenta el oficialismo tienen mucho que ver con sus zigzagueos,  vacilaciones y ambigüedades.  En este caso también se manifiestan.