Desorden en la administración Trump

Guillermo Lousteau

En un panel reciente, el senador John McCain afirma que el Gobierno de Donald Trump “is in disarray”. En cualquiera de sus acepciones —desorden o confusión— la palabra parece acertada para describir la imagen de la administración Trump.

La elección de Donald Trump es uno de los hechos más relevantes de los últimos tiempos, tanto para los que lo siguen como para sus detractores,
por buenas y por malas razones. Ha asumido la presidencia bajo las peores condiciones en que lo haya hecho un presidente anterior, con la excepción quizás de Abraham Lincoln: sin ninguna experiencia de gobierno, con un índice de popularidad bajísimo y con un país dividido, donde los propios republicanos pueden estar en un bando o en el otro.

Fácilmente identificable con el populismo, el Gobierno de Trump llega de la mano, paradójicamente, del Partido Republicano, lo cual podría presentarlo como un populismo de derecha, si es que esta expresión sirviera para algo. No por nada se ha puesto de moda una vieja sátira de Sinclair Lewis de 1936, “It can’t happen here”, donde describe la llegada hipotética de un gobierno fascista a los Estados Unidos.

Las dificultades y los errores de Trump se suceden ininterrumpidamente, a poco más de un mes de asumido. Ha tenido grandes problemas para armar su gabinete; dos funcionarios de primer nivel han debido renunciar, hubo rechazos de candidatos para reemplazarlos y ha destituido a una fiscal general. El Poder Judicial ha puesto frenos y resistido a su política inmigratoria; por sus actitudes, los servicios de inteligencia están enfrentados con su administración. Para completar su equipo, el Presidente debe nombrar más de mil funcionarios, meta compleja por lo visto hasta ahora.

Las propias actitudes de Trump muestran contradicciones absurdas, impropias de alguien con semejante nivel de compromiso. Así ha ocurrido con su posición inicial con respecto a China e Israel. En el primer caso, luego de su desafío original por su contacto con Taiwán, ha debido dar marcha atrás y aceptar la posición oficial de China, “una sola China”.

También debió relativizar su apoyo a Israel y dejar de lado enunciados de campaña sobre el tema de los asentamientos ilegales. Líderes influyentes de la comunidad judía se han manifestado contra su candidato a embajador ante Israel, David Friedman, un empresario sin experiencia democrática, simpatizante de los ortodoxos y que reniega de la teoría de los dos Estados, acusado de carecer de las condiciones necesarias para ese puesto.

Su afinidad con Rusia y Vladimir Putin está sufriendo graves reveses. La prensa rusa comienza a criticarlo, mientras que Europa, a través de la ministra de Defensa de Alemania, Ursula von Leyden, le ha reclamado una política unificada con respecto a Rusia y al terrorismo islámico. Le ha solicitado que deje de actuar en forma solitaria. Lejos ya de la luna de miel que asomaba en la campaña, Putin ve como errático el comportamiento de Trump y deja de considerarlo como un interlocutor de peso. Queda claro que Moscú sabrá defender sus intereses y que tarde o temprano Putin pondrá a prueba a Trump.

No son un punto menor en esa consideración las actitudes de funcionarios norteamericanos que enmiendan o modifican las propuestas del Presidente. James Mattis, secretario de Defensa, manifestó que Estados Unidos está interesado en iniciar conversaciones políticas con Moscú, pero no en encarar una cooperación militar. Rex Tillerson condiciona los elementos prácticos de colaboración a que puedan ser útiles a su país. Mike Pence, el vicepresidente de Trump, le ha contradicho en cuanto a su apreciación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), a la que no considera obsoleta. Los asesores en materia de política exterior están adoptando actitudes diametralmente opuestas a las proclamadas por el Presidente.

Entre las críticas más graves y los problemas más serios no puede dejar de mencionarse el papel de Steve Bannon, su asesor más influyente, un racista conocido. Considerado el monje negro de la presidencia de Trump, Bannon tendrá que reducir su papel por ese enfrentamiento con el general McMaster, asesor de Seguridad Nacional, por sus frecuentes roces por la posición de Bannon respecto a la Unión Europea. También están contrapuestas las posiciones de Bannon y el vicepresidente Pence en este tema. Mientras Pence, alineado con la tradición conservadora y europeísta —que comparte con el secretario de Estado Tillerson y el secretario de Defensa James Mattis— piensa que el compromiso con la OTAN es inquebrantable y que el principal socio de Estados Unidos es la Unión Europea, Bannon ve a esta última como una construcción fallida.

La conducta personal del Presidente tampoco ayuda. Desde sus errores, como el caso de la denuncia de un ataque terrorista inexistente, que provocó la reacción del Gobierno de Suecia, hasta los gastos que les originan a los Estados Unidos sus hábitos de vida, incluyendo los viajes a su casa en Florida (calculados en tres millones de dólares por fin de semana) y mantener la residencia de su esposa e hijo en Nueva York. Vigilar la Torre Trump, donde viven su esposa y su hijo, cuesta —según estimaciones de la policía local— medio millón de dólares diarios. Judicial Watch, una organización conservadora, piensa pedir que se aclaren las cuentas por los viajes Trump y los costos que se originan por la custodia familiar.

Como buen populista, Trump necesita cultivar un enemigo. Aparentemente ha elegido a la prensa como ese enemigo necesario y ha radicalizado su discurso contra los medios, a quienes tanto él como Bannon reclaman que mantengan la boca cerrada y sentirse avergonzados. Este enfrentamiento usa la teoría de la posverdad, tan de moda. Frente a las denuncias del periodismo, el Gobierno alega “hechos alternativos”.

El año pasado, el diccionario Oxford proclamó “posverdad” como la palabra del año, que describe la situación en la cual, a la hora de crear y modelar opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las emociones o las creencias personales.

De esta forma, el Gobierno de Trump opone a las denuncias “falsas” de la prensa los “hechos alternativos”. En sus propias palabras: “Los medios con noticias falsas (el fracasado New York Times, NBC, ABC, CBS, CNN) no son mi enemigo, son el enemigo del pueblo estadounidense”.

Pero la sensación de desconcierto o confusión es mucho más profunda que la enumeración de estos problemas concretos, incluso más allá de lo que pronosticaban sus opositores. Como ha dicho Mark Thompson, presidente y director general de The New York Times: “En la cumbre de Estados Unidos, tenemos el estilo de un chico de 17 años”.

Donald Trump protagoniza así el más complicado arranque presidencial de la historia de los Estados Unidos, donde los errores, las contradicciones, los enfrentamientos internos y la inmovilidad de la administración producen una parálisis. El estilo del Presidente se asemeja mucho más a su campaña electoral que a un gobierno efectivo y así ocultar que retrocede. Luego de un mes, Trump ha perdido la iniciativa y parece incapaz de retomarla.

Esta es la administración más caótica desde la Guerra Fría. Fuera del ataque a la prensa, que se ha transformado en un rasgo característico del Gobierno, los temas y los conflictos se suceden y varían todos los días. Posiblemente este hecho —la rotación de los temas en conflicto— influya en que todavía la oposición, tanto interna como externa, no haya podido concentrarse y consolidarse en un tema concreto, lo cual le da a Trump un respiro.

Cada presidencia es analizada por los primeros cien días. En este caso, este plazo parece excesivo e innecesario: tan sólo en 30 días el desorden y la confusión son las características que pueden diagnosticar a esta administración.

La gran pregunta, dada la personalidad de Donald Trump, es si querrá mantenerse cuatro años en el poder soportando las limitaciones que sufrirán sus políticas y sus promesas de campaña.