Educacación sarmientina

Omar López Mato

Domingo Faustino Sarmiento era un tipo difícil que a su paso creaba amores incondicionales y odios viscerales. Hombre polémico, autorreferente, inquieto y discutidor, era de aquellos que les gustaba tener la última palabra, pero que se inclinaba ante la inteligencia o el talento.

Admirador del  progreso europeo y norteamericano (en alguna de cuyas universidades hay bustos del sanjuanino), había elaborado un ideal de país, y hacia él destinó sus esfuerzos con la potencia de una locomotora.

Podrá haber cambiado de parecer en otros temas a lo largo de su vida, pero de una sola cosa estaba seguro, que sin educación no hay república.

Por ese espíritu combativo de Sarmiento, que se exacerbó en los últimos años de su vida probablemente por una hipoacusia que disimulaba llevando las discusiones a monólogos (cuando sus colegas senadores expresaron su preocupación por esta sordera, Sarmiento al enterarse les dijo “No se preocupen, no vine acá a escucharlos sino a que me escuchen”). Como le era muy difícil trabajar en equipo, el mérito de haber votado la ley 1430 de educación laica, universal y gratuita cae sobre la olvidada figura de Eduardo Wilde (médico, político y una de las plumas más brillantes de la segunda mitad del siglo XIX), quien con paciencia y elocuencia consiguió los votos para su promulgación, en contra de la poderosa oposición de la Iglesia. A él este homenaje.

Gracias a los objetivos de un grupo de hombres (que obviamente se peleaban y discrepaban, pero todos soñaban con un país de progreso y adelantos) Argentina se colocó entre los diez países más poderosos del mundo y entre sus logros más anunciados estuvo la erradicación del analfabetismo, gracias al modelo instalado por Sarmiento de educadores vehementes y perseverantes, como las jóvenes norteamericanas que pusieron en marcha esta revolución educativa.

Es curioso saber que la mayor parte de ellas volvieron a su país de origen con un dejo de amargura. De las que se quedaron, ninguna se casó con un criollo, y pocas se adaptaron completamente al medio. Somos un país difícil y desagradecido (¿existe alguna duda?). De todas maneras, el prototipo de la educadora propuesta en este contexto adverso, se había instalado.

Estas docentes tenían las convicciones de los cruzados, con la cuota de altruismo que implica llevar adelante lo mejor que podemos dejarle a nuestros hijos: la educación.

El orgullo de pertenecer al magisterio era parte de su reconocimiento y su recompensa.

Ese espíritu de entrega se perdió cuando de maestras se convirtieron en trabajadoras de la educación, y de cruzados se transformaron en burócratas sindicales que han perdido la percepción de la totalidad de la realidad, para encerrarse en sus cubículos. No ven a una Argentina grande, su miopía mental se los impide…

Con esta pérdida del concepto educativo vamos a perder la república.

En un país dónde el 25 % de los niños no terminan la primaria y el 50 % no termina la secundaria, peligra la república.

Con 1.400.000 analfabetos y semianalfabetos  (si, un millón cuatrocientos mil) peligra la república.

Con más de 1.000.000 de pibes que no trabajan ni estudian, peligra la república.

A esta altura no lo podemos dudar que sea este un exterminio programado, un plan destinado a destruir la república desde sus bases, confundiendo los poderes, alterando los sistemas de control y bastardeando la educación.

Este es un país que se ha criado cantando loas al relato de la queja proletaria, desde los tiempos del Martín Fierro. Es conocida la frase de Borges, si Argentina hubiese tomado como libro de cabecera al “Facundo”, en vez de la gesta de un gaucho alzado, otra hubiese sido nuestra suerte.

El país no construyó una épica del progreso, del esfuerzo y la inversión. Nadie recuerda a los pioneros, a los fundadores de estancias en los confines de la patria. No hay una épica del empresario, del emprendedor, del industrial. No se estudia la gesta de Tornquist, de los Bemberg ni de los Born, o los Bunge. La meritocracia quedó rezagada

Sin embargo, Di Giovanni y Radzivilowsky son elevados al grado de héroes, como Sacco y Vanzetti, dos anarquistas endiosados por matar policías…

Se recuerda la huelga de los panaderos (que terminó dándoles nombre a nuestras facturas), la semana trágica, la Patagonia rebelde, reprimidas por un gobierno democrático desbordado por la eterna insatisfacción anarquista. A eso se sumó el adueñamiento del reclamo sindical por el peronismo y el enquistamiento en el poder de la conducción sindical, que se hizo más fuerte en un país con inflación (real y mentida) y la progresiva pauperización de los trabajadores, NO por la explotación empresaria (como les gusta decir a los dirigentes), sino por la inflación que la conducción peronista periódicamente pone en marcha, más la concatenación de desastres económicos que se suceden por despilfarro e impericia.

¡La inflación es el problema!

¡La corrupción es el problema!

¡El despilfarro es el problema!

Cada día se destina más plata a la educación, y cada día hay más burócratas, más ñoquis, más sindicalistas, más reemplazantes. Tenemos record de reemplazantes de maestros titulares… ¡Así no funcionan las cosas!

Los argentinos van a Chile y se asombran, miran al país vecino con envidia. Pero ¿qué se creen? ¿Qué les regalaron el país hecho a los chilenos? Hace 50 años Chile era un país pobre, muy pobre, y para salir de la pobreza trabajaron, estudiaron y sobre todo, no tuvieron sindicalistas eternos, enriquecidos con la plata que debían destinar a la salud de sus afiliados. Desde 1983 a la fecha Chile triplicó su PBI per cápita, en cambio nosotros…

¿Y si por una vez, para salir de este círculo vicioso, nos ponemos a trabajar? ¿Y si por una vez nos dejamos de joder con “las conquistas sociales” que solo crearon más pobres? ¿Qué podemos esperar de los chicos que reciben como ejemplo la falta de laboriosidad de sus docentes, de sus padres y abuelos? ¿Cómo vamos a construir hombres y mujeres que trabajen para su progreso, si este es el modelo?

En Santa Cruz el año pasado hubo 90 días de clases. ¡Solo 90! la tercera parte de lo que debería ser. ¿Con burros vamos a construir la república?

Lo más preocupante es que los padres no repudian estos paros de docentes y al no protestar los consienten, le otorgan un sutil respaldo y en última instancia, una malsana resignación.

Ahora no solo serán pobres, también serán ignorantes, la fórmula perfecta para el eterno fracaso de un país.

Omar López Mato

Médico y escritor

Su último libro es Ciencias y mitos en la Alemania de Hitler

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