El espejo chavista

Jorge Raventos

La disolución  del parlamento venezolano intentada a mediados de la última semana por el gobierno de Nicolás Maduro constituyó  un nuevo paso en el derrotero de ese  gobierno hacia la instauración de una dictadura lisa y llana en ese país. Un paso del que, sin embargo, tuvo que retroceder como producto de la presión interna e internacional.

Ayer, sábado, el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela modificó sus propias resoluciones de tres días antes y devolvió a la Asamblea Nacional venezolana  las competencias legislativas de las que la había privado y la inmunidad a los parlamentarios, al tiempo que le retiró a Maduro los amplios poderes para legislar en materia de delincuencia y terrorismo que  ese mismo Tribunal le había otorgado.

La Corte venezolana ha sido y es una emanación del  Ejecutivo  corporizado en Maduro. Sus fallos –tanto los  de mediados de semana como los de ayer- responden a indicaciones  del gobierno central.  Los primeros expresaban los deseos del  sistema de poder chavista. Las rectificaciones expresan su resignación frente a la realidad-

El chavismo, que comenzó expresando el hastío de Venezuela ante un régimen partidocrático que  dilapidaba la renta petrolera y resguardaba la inmovilidad social, concluye como ejercicio concentrado del poder político en una facción cívico-militar que  ha quebrado la economía, generalizado el desabastecimiento de bienes y hundido al 80 por ciento de la población por debajo de la línea de pobreza al compás de consignas ideológicas de izquierda. El derrumbe es de tal magnitud  que  simultáneamente lo impulsa a huir hacia adelante ( hacia la dictadura sin tapujos) y lo maniata en la impotencia.

Si apenas unos años atrás el itinerario del chavismo venezolano era  celebrado, imitado o admitido y tolerado en la región, hoy las cosas han cambiado. El eje “bolivariano” continental se  ha debilitado. En Brasil ya no maneja el  partido de Lula Da Silva y Dilma Roussef, que ejercía  una  contención/protección suave  sobre el régimen de Caracas y le garantizaba sustancialmente indemnidad a cambio de pequeñas ceremonias de  emprolijamiento.

Por cierto, en Argentina  ha dejado de gobernar  el kirchnerismo que,  a su modo y en circunstancias diferentes, avanzaba  con el mismo objetivo de Chávez y sus seguidores. La sociedad argentina se tomó su tiempo pero finalmente interrumpió esa marcha. La versión local del chavismo fue detenida antes de que pudiera acercarse a lo que Maduro acarició en la última semana.

Además de Argentina y Brasil, otras naciones del continente se muestran hoy  dispuestas a censurar (con palabras y  con acciones) el régimen  autocrático de Nicolás Maduro y sus secuaces, mientras otras que formaban parte del sistema aliado o subsidiodependiente  de Caracas, hoy atienden su propio juego: Fidel Castro murió y su hermano Raúl, camino al retiro, tiene que dedicar su tiempo a Cuba.

El cambio en las condiciones  políticas regionales,  la denuncia  de  la nueva vuelta de tuerca  autoritaria indudablemente se hacen sentir  en el  terreno interno venezolano, ofreciendo aliento y esperanza a la oposición democrática y provocando o profundizando  grietas  en el dispositivo de poder sobre el que se sostiene el régimen.  En los grandes cambios  suele haber convergencia entre la protesta de la sociedad y las  críticas y divergencias que se  producen en  las estructuras de poder. Las perestroikas no nacen de un repollo.

Con el recalentamiento de la situación venezolana. Al  gobierno de Mauricio Macri se le presentó la oportunidad de una carambola servida  Podía (puede aún)  intentar un protagonismo regional  en la reivindicación de un modelo democrático para el continente, habida cuenta de que el principal candidato a jugar ese papel –el Brasil de Temer-  se encuentra bastante enredado en  su propio berenjenal   político con los escándalos de corrupción. Y, simultáneamente,  puede exhibir  el caso venezolano como  ejemplo vivo de  lo que  Argentina  se ahorró al poner punto final a la experiencia K. La combinación de esas jugadas engarzaría bien en la estrategia polarizadora que  busca desarrollar la Casa Rosada.

Es cierto que el freno a la experiencia K no fue,  ni exclusiva ni principalmente, obra del macrismo (si hay que subrayar una causa, la derrota electoral kirchnerista de  2013  fue un golpe decisivo a la ilusión de eternidad del cristinismo), pero  el actual oficialismo sin duda formó parte de la composición de fuerzas que apartó al kirchnerismo y, además, fue el  principal beneficiario de ese apartamiento.

En cualquier caso, en primera instancia  el gobierno no se mostró decidido tomar el centro del ring en  la batalla contra el golpe de mano de Maduro. Se movió con ese propósito pero cautelosamente, delegando más bien  el  juego en  el tejido diplomático de la Cancillería (que propuso una reunión del Mercosur) cuando  la ocasión pintaba justificadamente  para  una fuerte intervención presidencial.  A la luz del retroceso chavista, un poco más de audacia declarativa habría  pagado bien a la Casa Rosada.

Los hechos indican que, en momentos en que el gobierno no puede exhibir  logros rotundos en  el plano interno y mientras soporta ofensivas críticas (algunas de ellas impregnadas de hostilidad), al Presidente le vienen bien  los escenarios regional e internacional. Macri se fortalece con visitas como las que realizó a España u Holanda (o las que concretará muy pronto a China y Estados Unidos).  No le vendría mal arriesgar más y tomar el papel de abanderado de un cambio regional que, indudablemente,  ya está ocurriendo.