Alfonsín consolidó la democracia pero no pudo evitar la ruina económica del país

“La casa está en orden”. Para mí fue una frase feliz la de Raúl Alfonsín, el último y único presidente de esta etapa de la democracia que intentó sacarnos del pozo. Tuvo sus errores, pero fue el mejor de todos hasta hoy; luego vendría Menem a ser el enemigo declarado del pensamiento de Perón y los Kirchner a ocultarse tras los recuerdos y prácticas demenciales de los que el General expulsó de la Plaza.

Como peronista asumo que Alfonsín fue sin duda el presidente que más expresó nuestros ideales. Defendió el patrimonio nacional e intentó el acercamiento de las fuerzas democráticas. Luego se perdería la línea y el futuro de su partido en el absurdo y nunca bien denunciado “Pacto de Olivos”, espurio acuerdo que explica como el viejo partido radical pudo dejar de ser una verdadera opción de gobierno. Eso sí, “La Coordinadora lo hizo”.

Algunos dicen que consolidamos la democracia porque no hay más golpes de Estado: nuestros militares, como los cazadores de dinosaurios, se quedaron sin trabajo por decisión de la patronal. Acabado el riesgo comunista, el imperio no se va a dedicar a formar represores sin sentido alguno. Antes eran necesarios, ahora ya carecen de razón de ser.

Las Fuerzas Armadas eran el partido de la oligarquía, de esos que dicen que fuimos “un gran país” allá lejos y hace tiempo -aunque nunca nos aclaran cuándo. Nuestros dirigentes fueron como algunos jeques árabes: corrieron la carpa para sacar el petróleo, se compraron el Rolls Royce y el departamento en París, y luego todo siguió como antaño. Teníamos riquezas naturales para ser importantes con las limitaciones de una clase dirigente que no ingresó voluntariamente a la democracia ni a la revolución industrial. Con esa medianía mental no podíamos llegar muy lejos. Olvidan que Perón heredó a la “década infame” y no a una democracia transparente y exitosa. Hablan de Australia olvidando que ellos soñaban con ser Sudáfrica antes de Mandela.

El último golpe fue donde el pensamiento de nuestra clase rica quedó al desnudo; creían ser “la defensa de Occidente”, asesinaron convencidos de serlo, fueron a Malvinas sin entender absolutamente nada de cuál era nuestro lugar en el mundo. Hijos mediocres de una colonia de poca importancia. Y retornó la democracia, y ese ejército intentó recuperar un lugar de poder en ella, de ese lugar que la historia les había quitado.  Y surgen “los carapintadas” -un nombre más apropiado para una comparsa. Eran los últimos soldados extraviados de la siniestra Dictadura, ya en plena democracia. Digamos la verdad, Luder no los hubiera juzgado, ni los Kirchner tampoco en ese entonces. Todos somos valientes cuando el verdugo agoniza. Y el gobierno de Alfonsín juzgó a los violentos desde las instituciones y sin estar al servicio de ninguna deformación del pasado en beneficio de sector alguno.

Con Alfonsín, la democracia se recupera pero con demasiadas limitaciones: además de los militares sobrevivían sectores empresarios, sindicales y religiosos no demasiado enamorados del ejercicio de la libertad. Y una joven generación política integrada por La Coordinadora radical y la renovación peronista, que aparentaba fundar una nueva dirigencia y terminó finalmente aportando su pasión a la nueva clase empresarial. Esa es la razón por la cual los peronistas vamos a retroceder a un oscuro personaje como Menem y los radicales recurrirán a De la Rúa. Para esa generación de jóvenes ambos candidatos implicaban retornar a un pasado que imaginaban superado y terminarán reviviendo con su fracaso político apoyado en su pasión por los negocios.

Semana Santa fue la penúltima rebelión militar; volverían a intentarlo con Menem, solo en eso el personaje menor de la Rioja puede ser rescatado. Los golpistas agonizaban, como ahora algunos de los que se imaginaron dueños de una revolución tan incomprensible como corrupta, tan autoritaria como burocrática.

En el abrazo de Perón con Balbín estaba la grandeza del encuentro que nos devolvía el futuro. Los militares golpistas expresaban la desesperación de una clase social que intentaba poner la democracia a sus pies. Bajo la conducción de Alfonsín la sociedad salió a enfrentarlos, entendimos que eran los enemigos de la libertad. Alfonsín estuvo digno y a la altura de las circunstancias. Solo se equivocaba al imaginar que con la democracia se resolverían todos nuestros problemas. Es triste asumirlo, pero el poder económico hoy nos maneja sin necesidad de imponer un militar en el gobierno. Superamos a los golpistas pero luego, con Menem caeríamos en manos de los que Perón llamaba “los vendepatria”, y luego de treinta y tres años de democracia ya tenemos una tercera parte de la población en la pobreza.

Con Alfonsín necesitamos “la caja PAN” para superar las miserias engendradas por Martínez de Hoz, no llegaban al millón de pobres; hoy estamos en más de ocho millones habiendo sumado los excluidos engendrados por Menem, Cavallo y Dromi. El peronismo nos dejó el país más integrado del continente, y la Dictadura comenzó su desguace en nombre de las leyes del mercado. Alfonsín fue el último que intento detener el saqueo. Menem lo profundizó disfrazado de peronista, y los Kirchner disfrazados de revolucionarios. El Estado al servicio de los poderosos da limosna a los pobres sin siquiera intentar volverlos a integrar a la sociedad.

Con Alfonsín “la casa estaba en orden”, luego todo fue concentración de las riquezas con lógico crecimiento de la pobreza. Los dirigentes de todos los signos se han enriquecido, la sociedad en todos sus espacios se ha empobrecido. Alfonsín fue el último que intentó un rumbo de salida que ni muchos de sus seguidores asumieron como propio. La sociedad es un barco sin rumbo, donde las dirigencias se suceden parecidas, como si fueran del mismo partido. Todas hasta ahora se insuflan de soberbia y convocan a la división. La casa ya no está en orden y por ahora no aparece quién intente ordenarla.

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