Lilita Carrió, alta política y ética sin límites

Lilita Carrió habla con la prensa tras salir de Tribunales

Personalmente aprecio y respeto a Lilita, aunque reconozco que no es para comprar a tranquera cerrada -si uno se queda con sus amores, siente gusto a poco; si uno heredara sus odios, el cuerpo no resistiría-. Pero no hay nadie como ella.

Mientras los partidos políticos agonizaban, las personas –pocas- ocuparon el lugar de las instituciones usurpadas. Lilita tuvo múltiples virtudes: una cuota de rebeldía apasionada y exagerada, justeza (a veces, es cierto, discrecionalidad en sus juicios), pero siempre con un rumbo donde la dignidad no se negociaba. Podrá astutamente sobreactuar en sus opiniones, pero en sus denuncias concretas al poder de turno nunca le erró demasiado.

Llegué a compartir dos cenas con Lilita y Cristina, junto con Héctor Timerman y el maestro Alfredo Bravo. Era otra vida, Menem vendía el país y destruía el Estado de bienestar que Perón había forjado y lo pudo hacer porque se disfrazó de peronista. Eso sí que era la “crónica de una traición anunciada”. Y Lilita con Cristina coincidían en la crítica: otros tiempos. Luego Cristina llegaría al poder y otras serían sus aliadas; triste esa historia donde siempre el poder divide, enfrenta, enferma.

Lilita es la dignidad de la lucha contra el mal y la corrupción. Claro que pone a la ética por encima del proyecto, pero a veces olvida decir que sin corrupción este modelo de sociedad tampoco funciona. La corrupción exagera la injusticia de la concentración pero está lejos de ser la única responsable de la miseria hoy desarrollada.

Ella fundó un partido, la Coalición Cívica-ARI, que aparece como de una sola persona y muchos de los que la acompañaron quedaron en el camino, abrazados como náufragos a algún madero del poder. Pero ella siguió sola y logró sobrevivir a las elecciones presidenciales que nunca le asignaron protagonismo. En una sociedad donde el oportunismo aplastó la dignidad y la complicidad eliminó a la idea, en ese mundo Lilita merecía su espacio de respeto.

En el armado de Cambiemos cumplió una tarea esencial, ayudó a sacar al radicalismo de ese espacio virtual de una supuesta izquierda impotente que se conformaba con molestar. Y fue figura clave en el triunfo de Macri, ése que nos salvó -según mi humilde opinión- de ser Venezuela, de terminar enfrentados por nada y sin salida. Ese es el destino de los odios que cultivan los por suerte derrotados.

Por ahora sólo recuperamos una concepción de la ética que ocupa el lugar las ideas, pero que sin duda es impotente para sustituirlas. Los de antes se referenciaban en Ernesto Laclau para dividir e intentar reinar. Los vocacionales hegemónicos de hoy intentan sustituirlo por Loris Zanatta en defensa de la libertad de mercado.

Lilita define una etapa de la sociedad, la de la ética. Ella elige enemigos: a veces lo son de la sociedad, otras, tan sólo una manera de nacionalizar las broncas personales. Ahora con su candidatura confirmada en la Ciudad le viene a salvar las papas a Rodríguez Larreta, que al no tener candidato propio pierde más allá de quien gane.

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